La campaña de Primicias en Restauración de Vida nos ha regalado uno de los momentos de sabiduría y reflexión más profundos ya iniciado el año; inspirada por el Espíritu Santo, una de los líderes de la Congregación, Venezia Valeria Zavala Mata, emitió tremenda predicación sobre el Diezmo y su profundo significado.

En la prédica, Venezia abrió descubriendo una realidad; el diezmo ha sido reducido, en muchos espacios, a un asunto meramente financiero. Sin embargo, la Escritura presenta un origen mucho más profundo: el diezmo nace como una expresión espiritual de gratitud y reconocimiento, no como una obligación económica
Antes de la Ley, Abraham entregó el diezmo a Melquisedec tras la victoria. No obedeció un mandato escrito ni respondió a una exigencia religiosa. Su acto fue una respuesta consciente de reconocimiento: todo lo que había recibido provenía del Padre. El diezmo, en su origen, fue gratitud encarnada.
Este gesto revela un principio central: Dios no busca recursos, sino corazones que reconozcan la fuente de todas las cosas. Abraham entendió que la bendición, la victoria y la provisión no nacen del mérito humano, sino de la fidelidad de Dios.
La Escritura lleva este principio a su punto más alto cuando Dios prueba el corazón de Abraham pidiéndole a su hijo Isaac. Al disponerlo en sacrificio, Abraham no rehusó entregar aquello que más amaba: la promesa misma. Y es en ese acto donde Dios responde revelando su propio corazón.
Dios detiene la mano de Abraham, pero deja claro el principio eterno: “Ahora sé que no me rehusaste tu hijo, tu único”. En ese momento, Dios no solo afirma la fe de Abraham, sino que anticipa su propia entrega. A diferencia de Abraham, Dios sí entregaría a su Hijo, no como prueba, sino como primicia, como sacrificio por toda la humanidad.
Cristo se convierte así en la ofrenda suprema: el Hijo que el Padre no rehusó, entregado por amor para restaurar lo que el pecado había quebrado. Desde esta perspectiva, toda enseñanza sobre diezmo, ofrenda y primicia encuentra su verdadero sentido: Dios dio primero.
Por eso, el diezmo deja de ser una transacción y se convierte en lenguaje espiritual. No se trata de cuánto se da, sino desde dónde se da. No es un intercambio, sino una respuesta. No es una carga, sino el reflejo visible de un corazón que ha entendido que todo proviene de Dios.
El llamado no es financiero, sino espiritual: no rehusar a Dios aquello que revela nuestra dependencia y gratitud. Cuando el corazón está en orden, lo material encuentra su lugar correcto.
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En el siguiente enlace hemos capturado la predicación completa para que la disfrute y espiritualice suensamiento:






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